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viernes, 31 de julio de 2015

Crónica franciscana de 1825: 44000 reales por la vida de un prior de San Juan

La vidriera representa los "Mártires del Japón" franciscanos todos ellos, algunos salidos del convento de Consuegra, con Fray Pedro Bautista como comisario Franciscano y Embajador de España. Todos ellos murieron crucificados, por eso la cruces de la vidriera. Aclaración de Fernando de la Cruz
Imágenes de la Capilla de la Iglesia de los
Padres Franciscanos de Consuegra































El suceso que os vamos a contar hoy, ávidos seguidores de la historia de Consuegra, tiene que ver con la Orden de San Juan, con frías losas de piedra arropadas por un hospital, con un convento que cambió de sitio, con un monte que guardaba un tesoro y con un hombre poderoso cuya vida no valió mas que 44.000 reales. 

Empezaremos nuestra historia desgranando una a una las claves aportadas anteriormente. 


Durante siglos, ha existido en Consuegra un convento que acostumbraba a cambiar de sitio por causas diversas. Nos referimos al convento de la comunidad franciscana de Consuegra, que se instaló en esta villa por primera vez en la segunda mitad del siglo XVI, siendo Gran Prior Don Fernando Álvarez de Toledo. En esta fecha  se inauguró el primitivo monasterio en el camino de Urda, del que actualmente no quedan restos. Este primitivo convento se decidió abandonar por ser poco saludable. Los frailes sucumbían inexplicablemente a la enfermedad y la muerte y achacaron a la ubicación  del convento, cercana al río Amarguillo, esta circunstancia. Es curioso que en la antigüedad se pensaba que la enfermedad se transmitía por el mal olor y posiblemente evitando los olores del río buscaron un entorno con un aire más fresco. Así permanecieron un tiempo dentro de las murallas de la ciudad, en una vivienda donada por un vecino ubicada cerca de la ermita del Santo Cristo de la Vera Cruz, hasta que se terminó la construcción de un nuevo convento al final de la calle Santas Justa y Rufina. De aquella época son las curiosas crónicas demoníacas de fray Jorge de la Calzada, siempre aderezadas de tormentas y tempestades que han formado parte de la tragedia consaburense desde la noche de los tiempos. Pero esa píldora la dejaremos para otro post. 

    Finalmente, en 1579, se inaugura el Monasterio de San Pedro de la Vega, al que con el tiempo se le adosó la fábrica de sayales, que permaneció en dicho emplazamiento más allá de la ocupación del convento. De lo poco que queda del monasterio de San Pedro de la Vega, cabe destacar esta lápida de 1665, que se puede ver en un descanso de la escalera que da acceso al museo municipal. Sin duda necesita que se la reubique en un lugar más acorde con su valor y mejorar notablemente su estado de conservación.
Lápida de 1665 del Monasterio Franciscano de San Pedro de la Vega

 En 1723, de nuevo, se inauguró otro nuevo convento franciscano, el cual también cambió su anterior nombre por el de Convento de San Antonio de Padua, donde actualmente se encuentra la iglesia de Santa María La Mayor. En el siglo XVIII se describe este convento como uno de los mejores de la provincia franciscana. Pese a todo, en el próspero Convento de San Antonio de Padua, los padres franciscanos padecieron la devastación de las tropas napoleónicas al entrar en nuestra localidad y allí dieron consuelo a los enfermos y extrema unción a los cadáveres que se amontonaban en las calles tras esa trágica madrugada.




En 1694,  los franciscanos consaburenses comenzaron a redactar unas memorias. Ese valioso documento digitalizado, llamado Protocolo Franciscano, fue generosamente cedido al Círculo Histórico Cultural Consaburense por el Archivero del convento de San Juan de los Reyes, nuestro querido y recordado padre Antolín Abad, gracias a la labor investigadora de Elías Anaya Verbo. En este protocolo se describían aspectos administrativos y del día a día de la comunidad franciscana, saltándose esta costumbre en contadas ocasiones. Una de ellas fue en 1809 y lo hicieron para describir con todo lujo de detalles la entrada de las tropas napoleónicas en Consuegra, con todos los desmanes y destrozos que ocasionaron. Otro acontecimiento que tuvo que llamarles poderosamente la atención como para reflejarlo en su protocolo ocurrió en una gélida mañana de enero del año 1825, para describir un suceso trágico e inesperado que les llenó de consternación.


Esta comunidad religiosa ocupó el convento de San Antonio hasta el expolio que supuso la desamortización de Mendizábal, en 1837. En esta fecha y debido a una nueva legislación, las órdenes religiosas perdieron sus bienes y los padres franciscanos se vieron afectados por esta situación.  Pero en 1868, gracias a la intervención del Ayuntamiento de Consuegra, que poseía el antiguo convento abandonado por las monjas Bernardas Recoletas, el noviciado de la Misión Franciscana de Filipinas  pudo mudarse a un nuevo y definitivo lugar cedido por el consistorio, en la conocida por aquel entonces como Calle de las Monjas y actualmente como Calle de los Frailes o Calle de Fray Fortunato.
Vista de la fachada principal del convento franciscano de 1972. Imagen Jaime García Condado













El primitivo convento  de las monjas Bernardas databa de 1611 y las religiosas estaban sometida a la jurisdicción del gran prior. Es por ello que las reverendas colaboraban con el Hospital de la Vera Cruz de la Orden de San Juan, reubicado  en 1809 del edificio original situado en la calle del Hospital  tras su devastación por las trapas napoleónicas. Dicho convento también contaba con una iglesia cuya advocación no podía ser más sanjuanista y más consaburense: la Vera Cruz.






Interior del patio de la Casa Prioral de los Freires de
Santa María del Monte.
Imagen 1972 Jaime García Condado
En este punto enlazamos con otra clave importante de la historia, la Orden de San Juan de Jerusalén en Consuegra y su Hospital o Casa de Enfermería y Hospedería. En la fecha del suceso que vamos a relatar y gracias al relato que de él se hace en el protocolo franciscano sabemos que estaba reubicado en la calle de los Frailes o Fray Fortunato, junto a la Casa Prioral de los Freires de Santa María del Monte y el Convento de las Monjas Bernardas. 
Convento Sta María del Monte.
Grabado de Domingo Aguirre 1769
El Convento de Sta. María del Monte en los Morrones era una casa de retiro, oración, entrenamiento y formación de capellanes de la orden. Legó a ser el único monasterio de entrenamiento y formación que poseía la orden en la península ibérica. Era un edificio muy antiguo cuyos inicios se situaban originalmente en el año 1252. Su gran impulsor, no obstante, fue el prior Gonzalo de Quiroga y Valcárcel, que lo reedificó en el 1540 y fundó también el primitivo hospital en Consuegra, a la vez que estableció los estatutos de la cofradía de la Caridad para su gestión

Escudo de armas de Gonzalo de Quiroga.
Patio casa de la Tercia

El convento contaba con propiedades propias y separadas de las del Gran Prior que vivía en el Palacio de los Grandes Priores de Consuegra. Los freires acudían a la villa de Consuegra a oír misa a la capilla del hospital y se hospedaban en una Casa Solariega que poseían en a calle de los Frailes, conocida como la Casa del Prior de Santa María del Monte. El prior- párroco de este convento era elegido en capítulo por los otros freires y por el Gran Prior de Consuegra. En 1787, según Jiménez de Gregorio, este convento contaba con 92 conventuales (los conventos de monjas y de franciscanos contaban con alrededor de 20 conventuales cada uno aproximadamente), en una villa que contaba con 25 hidalgos y en las que dos tercios de la población activa eran jornaleros, pastores,  labradores o artesanos, de una población total aproximada de 6000 habitantes. La Orden era poderosa y dirigía los destinos de los vecinos de Consuegra.


Detalle de la Cruz Tau de San Francisco de Asís
Convento de Consuegra
Situado ya el contexto histórico y social de nuestro relato pasaremos a desarrollar algunas claves que  aún quedan por desvelar.

En los primeros días del año de nuestro Señor de 1825, siendo padre guardián Fray Cristóbal de Miguelturra, el  Protocolo Franciscano del Convento de Consuegra se hizo eco de una noticia que conmocionó a los vecinos de la  villa de Consuegra. 


Mientras los consaburenses engalanaban sus humildes casas y llenaban sus despensas preparándose para la nochevieja o víspera de fin de año, la orden de San Juan, que llevaba dirigiendo desde el Castillo de Consuegra una vasta comarca durante más de 600 años, iba a recibir un duro golpe. 


Las frías losas de piedra del patio del hospital  de la Casa del Prior, situado en la calle de los Frailes, amanecieron la  mañana del 31 de diciembre de 1824 cubiertas por el cuerpo sin vida del Prior-párroco del convento de Santa María del Monte , Fray Juan Vicente Gallego, natural de Ossa de Montiel. 

Todo apuntaba a que había sido asesinado alrededor de las 12 y media de la noche del día anterior.
Su cuerpo fue hallado por  uno de sus criados. Rápidamente se percataron de que también habían desaparecido 44000 reales de plata. A la luz de los hechos, el motivo del homicidio parecía obvio: el robo del dinero. Tan solo quedaba localizar vecinos, criados o allegados del prior que hubiesen tenido oportunidad de cometer los hechos, con la intención de hallar al culpable.

Con apenas veinticuatro horas transcurridas, la mañana del 1 de enero de 1825 fue capturado el presunto homicida, criado también de la casa, Casimiro, natural y vecino de esta villa. A las pocas horas de su entrada en prisión confesó ser el autor del asesinato de tan importante dignatario. Declaró que lo había matado con la intención de robarle y posteriormente bajó su cuerpo al patio, donde lo abandonó. Confesó también que una gran parte del dinero robado, 44000 reales de plata, había sido escondido enterrándolo en diversos lugares de este pueblo. Unos meses más tarde, en julio del mismo año, encontrándose Casimiro aún en prisión, logró escapar de la cárcel, pero con poca fortuna, pues fue cogido por los realistas en el monte La Guillema, de Consuegra.


Mientras Casimiro se hallaba en prisión, Don Alfonso Gallego, presbitero de la orden de San Juan y hermano del prior difunto, no omitió diligencia alguna para que se castigase duramente el homicidio. En aquella época la sentencia habitual para un culpable de homicidio era la muerte por garrote. Pero Alfonso Gallego se marchó a la Audiencia de Granada, donde permaneció hasta que aquella sala dio la sentencia definitiva de pena de muerte por horca. La ejecución, a la que incluso asistieron representantes de la mencionada audiencia,  tuvo lugar el cinco de noviembre de 1825. Como castigo ejemplar, la cabeza del sentenciado estuvo expuesta en el camino del oeste que va hacia Mora y la mano derecha, en el camino que va hacia Madridejos, a poca distancia de la fábrica de sayales de las calles Santas Justa y Rufina. Allí permanecieron los restos de reo hasta el mes de mayo de 1826, momento en el que se le dió sepultura eclesiástica.

Unos años antes, en 1820, se instaló en Consuegra la audiencia territorial y trajo consigo la ejecución de varias sentencias de muerte de ajusticiados procedentes de pueblos de la comarca en esta villa. Tiempos duros los de entonces, crueles e incívicos. La población consaburense en general y los padres franciscanos en particular condenaron duramente el asesinato del prior, pero sin duda debieron quedarse aturdidos por el castigo desproporcionado que sufrió el condenado. Castigo que en cierto modo ellos también recibieron al tener que contemplar con pavor los restos del condenado cada vez que tenían que atravesar dos de los caminos más transitados en aquella época. Especialmente por la noche. Llegamos al final de nuestra historia y seguramente os preguntaréis por el monte que guardaba un tesoro. La respuesta, estimados paisanos, ávidos seguidores de la historia de Consuegra, lo dejaremos para otro artículo.



Angeles Anaya García- Tapetado
Investigadora y divulgadora de la historia de Consuegra









miércoles, 11 de septiembre de 2013

El héroe que emergió en la Inundación de Consuegra. Fray Benito de los Infantes (11-9- 1891)


 Fray Benito de los Infantes, Prior de los Franciscanos de Consuegra. La Ilustración Española y Americana. Col. Ángeles Anaya

La vida sobre la Tierra y posteriormente la civilización brotaron del agua. Los grupos humanos, desde los albores de la humanidad, han buscado el amparo de los ríos para asentarse y prosperar. El Amarguillo proporcionó a los primeros pobladores de estas tierras (siglo VI a.c.) agua potable, pesca e irrigación de sus cosechas y pastos. Hasta la llegada de la tecnología romana, tuvo que ser duro acarrear agua diariamente para satisfacer las necesidades básicas y por eso nuestros ancestros procuraron siempre vivir cerca de él. El agua  ha sido la principal causa de  la civilización y su necesidad de control, la consecuencia. En Consuegra, el 11 de septiembre de 1891, el caos, la destrucción y la desolación también manaron de ella.

 Río Amarguillo con agua a su paso por Consuegra. Foto de José Manuel Perulero (Oficina de Turismo de Consuegra)

El torrencial río Amarguillo, afluente del Cigüela, se caracteriza por unas fuertes variaciones estacionales de caudal, casi seco durante gran parte del tiempo y con crecidas violentas y destructoras en ciertos momentos. Es un río extremo e imprevisible como lo es también la zona árida por donde discurre, la Mancha, por lo que desde época romana existió una necesidad de dominarlo. Con el paso de los siglos, esa precaución se fue relajando y poco a poco, cada vez más, las viviendas se iban acercando peligrosamente a su cauce.
                             
Esa misma inquietud asaltaba a Fray Benito de los Infantes desde su llegada  a Consuegra en 1889, tras pasar once años en la Misión Filipina.  Hombre de gran estatura, era natural de la vecina localidad de Madridejos. Doctor en Teología, era extremadamente culto, tolerante, de conversación amena y trato agradable.

 Al poco tiempo de llegar, y a la luz de sus méritos y cualidades, fue elegido Rector y Prior de la Comunidad de Franciscanos  de la Provincia de San Gregorio Magno de Filipinas, asentada en Consuegra, que contaba con más de medio centenar de miembros. El 2 de julio del mismo año que ocurrió la tragedia había cumplido cincuenta años. Hombre reflexivo y previsor, sabía que el Amarguillo siempre alertó del peligro de sus aguas. Existía constancia de desbordamientos del caudal acontecidos en el siglo XVI. Posteriormente, en 1702, una inundación dejó la iglesia de San Juan Bautista en ruinas, e incluso había noticias de otras inundaciones que tuvieron lugar en la Consabura romana. -“Hace falta reconstruir Consuegra lejos del río, en un punto distinto del que hasta ahora ocupa”, -pensaba mientras paseaba con paso enérgico y decidido por las casas que se apiñaban en el escaso cauce del Amarguillo, medio obstruido.

A las ocho de la mañana del 11 de septiembre de 1891 los temores de fray Benito  se cofirmaban. Un fuerte temporal se cernía sobre la comarca y varios vecinos avisaban que el agua había entrado en sus viviendas. Con gran resolución, a las nueve de la mañana fue a ver al alcalde, que dispuso de varias galeras para recoger a los que estaban faenando en los campos.  Avisó a los que vivían en las inmediaciones del río y les instó a que se trasladaran a zonas más elevadas de la localidad, pero pocos hicieron caso de esta advertencia. A las doce del mediodía el temporal amainó ligeramente y muchos prefirieron quedarse en sus casas y tener controladas sus pertenencias. –“Insensatos”,- debió pensar Fray Benito, convencido como estaba de que los vecinos debían abandonar el pueblo.


 
Nivel alcanzado por las aguas la noche de la catástrofe
Por la tarde la situación empeoró. Desde Urda llegaban noticias de que el Amarguillo tenía una crecida considerable y la enorme cantidad de agua, maleza, árboles y aperos acumulados  había reventado la presa romana. Con gran celeridad, reunió a su congregación y les arengó a hacer gala de su vocación misionera, humanitaria y asistencial, poniendo en práctica los principios de su fundador. Consuegra les necesitaba. Bajo la dirección de un ingeniero, los frailes construyeron una balsa y la sacaron del convento. A las nueve de la noche, las aguas y todo lo que flotaba en ellas se estancaron en el primer puente romano, el entonces conocido como de “Los Gallegos”. Se formó una barrera que desbordó el agua a ambos lados del cauce del Amarguillo. A las nueve y cuarto las aguas tenían una elevación de ocho metros sobre el nivel del río. Les costaba abrir las puertas del convento y la corriente les impedía avanzar. Ante la amenaza que se cernía sobre sus hermanos, el Prior instó a los religiosos a refugiarse en una casa alta próxima al castillo. Desde allí se oían los ecos de los lamentos de los consaburenses que pedían auxilio y misericordia. Fray Benito no quiso abandonar el convento. – “Aquí me salvaré o pereceré”, afirmó.

A media noche Consuegra parecía sufrir los horrores de un bombardeo. Las casas se hundían con tremendo estrépito, los lamentos no cesaban y aún no había dejado de llover, pero el Prior continuaba con sus labores de salvamento. En esas interminables horas de desesperación y caos, hubo un grupo de personas, los padres franciscanos, que renunciaron a tratar de salvar sus propias vidas con valor y abnegación para socorrer a sus paisanos y tratar de poner a salvo al mayor número de vecinos posible.
A las cuatro de la madrugada, las aguas comenzaron a retroceder para dar paso a un entorno de cieno y ruinas.

Labores de rescate padres franciscanos. Col. Ángeles Anaya

                        Al amanecer, Fray Benito de los Infantes contempló desde el convento una Consuegra devastada.- “Ahora comienza nuestra verdadera tarea”. Sin pensarlo dos veces, dividió a sus frailes en grupos de entre dos a cinco miembros, para recorrer las calles más castigadas y allí, remangados sus hábitos, con el lodo hasta las rodillas, revolvían los escombros para rescatar heridos, cadáveres y pertenencias de valor que aún se podían aprovechar entre los escombros. A todos ellos daba ejemplo el P. Prior, animándoles con sus exhortaciones, socorriendo a los heridos y auxiliando piadosamente a los moribundos. Así un día tras otro.
A lo largo de ese duro invierno, cuando los periodistas, autoridades y demás personalidades hacía tiempo que ya habían abandonado Consuegra,  el padre prior, con gran acierto, incrementó la distribución de “la sopa” para que, al menos, las personas más necesitadas, comieran un plato caliente al día.
                           
Tuvo que ser el 11 de septiembre de 1891, dejando la riada tras de sí una localidad asolada,  360 víctimas mortales y decenas de casa arruinadas, cuando los vecinos de Consuegra escarmentaran y se replanteara todo el margen del Amarguillo y las calles adyacentes, llegando algunas a desaparecer. Una nueva y enjalbegada Consuegra renacía de sus cenizas de fango y escombros.

Los verdaderos héroes de esta catástrofe fueron el más de medio centenar de frailes Franciscanos, con su prior a la cabeza, Fray Benito de los Infantes, por su incansable labor sorda y desinteresada. Consuegra le estará eternamente agradecida. 
                                                                                                                                       Ángeles Anaya García- Tapetado
                                                                                                                              Cuadernos de Historia y Cultura Popular
                                                                                                                                              Ayto. Madridejos

miércoles, 3 de julio de 2013

Consuegra durante la guerra de la Independencia

El 22 de febrero, recordamos tristemente el ataque de las tropas francesas a Consuegra en el año de 1809. Desde las 9 de la mañana, las tropas españolas del duque de Alburquerque, estuvieron disparando y controlando al ejército francés que avanzaba hasta nuestra ciudad. A las 4 de la tarde cesaron los disparos y nuestro ejército comenzó a replegarse hacia Fuente el Fresno, ante el número de enemigos que llegaban hasta los 11.000 infantes y 3.000 caballos. El episodio siguiente fue tremendo. Consuegra es invadida, la iglesia de Santa María y el Palacio Prioral incendiados, las casas principales saqueadas. Las monjas Carmelitas y Bernardas tuvieron que huir, algunos franciscanos fueron asesinados, y el archivo de la Orden de San Juan que estaba en el torreón del Palacio o casa de la Tercia fue prácticamente reducido a cenizas. En fin, un aciago día para la historia de Consuegra. 

La imagen del acto que organizamos desde el Círculo Cultural junto con el Ayuntamiento de Consuegra en 2009, con motivo del bicentenario de aquél ataque.

A continuación, una pequeña muestra de los actos conmemorativos organizados por el Círculo Cultural Consaburense de la batalla librada y posterior ocupación del castillo de Consuegra en la Guerra de la Independencia, con motivo del bicentenario de la ocupación de nuestra localidad por las tropas francesas en febrero de 2009.
Tres miembros de la Asociación Círculo Cultural Consaburense, Vicente Pérez, Elías Anaya y José García, fueron los encargados de profundizar en el contexto histórico de la batalla y las consecuencias que la Guerra de la Independencia tuvo en el municipio.


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Los Franciscanos en Consuegra: crónica de la entrada de las tropas Napoleónicas en nuestra localidad

 

...Los Franceses desolaron este convento y no dejaron más que las paredes; destruyeron la librería (que era preciosa). El Padre Guardián Fray Agustín de Dos Barrios atendiendo a lo sucesivo, procuró por las noticias que tenía y las de algunos otros Religiosos formar este Protocolo, que sirva de gobierno como que cuanto en él se expresa es verdadero y aún auténtico.

Se ordenó el año de 1815, terminándose en 1816. Consta de 194 folios que describen de primera mano como era Consuegra y lo que le ocurrió en esa fecha. ¿Te atreves a descubrirlos? 

Círculo Histórico- Cultural Consaburense

 Elías Anaya