domingo, 20 de octubre de 2013

Remedios y pocimas del Hospital de San Juan en Consuegra

No soy aficionada a la simulación, cada vez tolero menos el artificio. No soporto el afán de aparentar "como si...". Me gusta orientar mis esfuerzos a buscar o rescatar realmente lo que merece la pena, no malgastar energía en que parezca que sea. Claro que eso implica más tiempo, más imaginación y más esfuerzo. El atajo del simulacro es mucho más corto y directo.
Una soleada tarde de octubre, enfrascada en estos pensamientos, topé de bruces con el umbral de la calle El Hospital. La respuesta al porqué de su nombre es clara. El Hospital de San Juan se localizaba en el número 18 de esta calle, ocupando la esquina de la calle Plus Ultra y llegando a  la calle del Cristo. Era mantenido por la cofradía de la Caridad, fundada en 1453 por el Gran Prior Gonzalo de Quiroga, cuyo escudo de armas, el de verdad, se encuentra medio escondido en el patio de La casa de la Tercia.
Col. Ángeles Anaya
Era una hospedería o enfermería de beneficencia, que acogía a viajeros y enfermos sin posibles. Sabemos que el Hospital ocupaba un terreno de unas 1400 varas y que desapareció en el año 1809, a causa de la destrucción que las tropas francesas causaron en la ciudad. En el siglo XVIII, Consuegra contaba con un Cirujano y enfermeros, todo gracias a nuestro Hospital. Existía una capilla, con imágenes de Nuestra Señora de la Antigua y San Juan Bautista. A esta capilla acudían a oír misa los freires de Sta. María del Monte, convento que el fundador del hospital también impulsó. A los consaburenses aficionados a lo esotérico les interesará saber que en la zona que daba a la calle El Cristo, existía un parte, que correspondía a los corrales de la casa, señalada con una cruz, por ser tierra consagrada para enterrar a los pobres que fallecían en el Hospital. Este hecho está corroborado por nuestra carta arqueológica, ya que en sucesivas obras de las viviendas que posteriormente se construyeron sobre él,  han aparecido enterramientos humanos.



Toda la villa de Consuegra se implicó en el proyecto y los cofrades contribuían cada uno con dinero y trabajo para su mantenimiento y limpieza.  En nuestro hospital había un mínimo de 8 camas destinadas a los pobres, se acogía a los huérfanos e incluso se daba sepultura a los que de todo carecían. Como remedios curativos, empleaban las oraciones y la ciencia que se conocía en la época, por lo que se contrataban cirujanos, enfermeros y boticarios. Entendían la alimentación como medicina preventiva, supervisando los alimentos almacenados en las despensas y estableciendo un plan de comidas personalizado con los enfermos.  Proporcionaba dos comidas decentes al día y trataban de ofrecer carne tres veces en semana a sus enfermos. Practicaban la asepsia mediante la higiene de camas, utensilios y alimentos. Aislaban a enfermos sospechosos de poder infectar a los demás. Trataban incluso de hacer la estancia de los pacientes agradable, decorando  paredes y muros. Contaban con una práctica sanitaria de lo más actual.
Fundador de la Orden de los Caballeros Hospitalarios. Comerciante nacido en Amalfi, alrededor del 1100 fundó un hospicio en Jerusalén para atender a los peregrinos.

En el siglo XVII, por ejemplo, en el hospital de Malta, se estableció una escuela de Anatomía y Cirugía, practicando tratamientos punteros en la curación de cataratas oculares o heridas de guerra. Se sirvieron y aprendieron de los galenos judíos y árabes durante su estancia en Tierra Santa, con lo que mejoraron los tratamientos que aplicaban. Dividían sus hospitales en alas y departamentos, según la naturaleza de las enfermedades y la condición de los pacientes, atendiendo a mujeres y hombres, no importaba su religión.


La razón de ser fundamental de la Orden de San Juan (los Hospitalarios), desde su fundación, ha sido el servicio a los enfermos, peregrinos y pobres. Este hecho no les excluía de ser "militia Christi", muy al contrario, convivía con su otro valor fundamental: la defensa de la fe y el impulso de propagar las propias creencias. Todo esto se añadía a las acciones sociales orientadas a repoblar yermos, establecer fronteras , colonizar territorios y repartir "suertes de tierra".


Ángeles Anaya



sábado, 5 de octubre de 2013

La leyenda del moro desairado y la dama cristiana que faltó a su palabra



Ayer nos embarcamos mi padre y yo en una expedición con  tres compañeros del Instituto. Fuimos a explorar ( muy someramente, para ser sinceros) una mina de explotación romana y diversos restos de asentamientos de la edad del bronce que había por los alrededores. De todos mis viajes y visitas, siempre consigo sacar algo, aunque no sea lo que iba buscando.

Tal fue el caso de la tarde de ayer. Charlando con mis compañeros de expedición recordé un cantar que mi abuela Angelita solía contarme, con bastante gracia y mucho arte, como todo lo que ella contaba. Es una leyenda curiosa, en la que el verdadero protagonista no es el caballero moro desairado, al que dieron calabazas pese a su empeño, ni tampoco la orgullosa cristiana, que faltó a su palabra de manera caprichosa. El eje en torno al cual gira la historia y por el cual, con seguridad, ésta fue inventada es el acueducto de Consuegra.

El acueducto de Guadalerzas  (como se le nombra en el relato) traía agua a Consuegra desde "Fuente Aceda" (también llamada Fuente del Moro), un manantial situado en las últimas estribaciones de los Montes de Toledo, a unos 23 Kms. de nuestra localidad.  En la presa romana situada en el término de Urda, a unos 4 kms., el agua se embalsaba y de ahí, partía otro canal que se dividía en dos, para abastecer las zonas norte y sur de Consuegra. Sobre esta monumental obra de ingeniería civil romana pesa este curioso relato:

Un caudillo moro estaba enamorado perdidamente de la dama cristiana poseedora del castillo de Consuegra. Este caballero, cortejaba con gran insistencia a la dama, con la intención de unirse en matrimonio con ella. La joven, con el fin de zafarse del acoso de su pretendiente y con la intención de ganar tiempo, le prometió casarse con él con la condición que hiciera llegar hasta su castillo el agua de un manantial que estaba a cuatro leguas (unos 24 Kms.) de Consuegra, la conocida como Fuente del Moro o Fuente Aceda. 
El caballero moro, prendado de amor por la dama, asumió el reto y comenzó al momento la obra, que logró acabar en un tiempo inimaginable para la época. A todas luces, se presentaba como una empresa imposible y él lo había logrado. El musulmán terminó  el acueducto y trajo el agua hasta una presa cercana al castillo, para retenerla  allí y que pudiera se utilizada por los habitantes del mismo. La dama cristiana, al ver que se vería obligada a cumplir una promesa que nunca tuvo intención de mantener, se quitó la vida llena de rabia y despecho. El pobre caudillo moro despreciado, a pesar de su gran afán, se quedó sin dama cristiana, pero con un suministro inagotable de aguas limpias y saludables.

Es curioso como la gente sencilla trataba de explicarse obras ancestrales y colosales, puestas en su entorno como por ensalmo, de una manera fabulada, fácil de recordar y transmitir. Sin duda, la explicación que nos da esta leyenda de la construcción del acueducto es mucho más romántica que la historia real.

                                                                                       Ángeles Anaya