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miércoles, 11 de septiembre de 2013

El héroe que emergió en la Inundación de Consuegra. Fray Benito de los Infantes (11-9- 1891)


 Fray Benito de los Infantes, Prior de los Franciscanos de ConsuegraLa Ilustración Española y Americana. Col. Ángeles Anaya

La vida sobre la Tierra y posteriormente la civilización brotaron del agua. Los grupos humanos, desde los albores de la humanidad, han buscado el amparo de los ríos para asentarse y prosperar. El Amarguillo proporcionó a los primeros pobladores de estas tierras (siglo VI a.c.) agua potable, pesca e irrigación de sus cosechas y pastos. Hasta la llegada de la tecnología romana, tuvo que ser duro acarrear agua diariamente para satisfacer las necesidades básicas y por eso nuestros ancestros procuraron siempre vivir cerca de él. El agua  ha sido la principal causa de  la civilización y su necesidad de control, la consecuencia. En Consuegra, el 11 de septiembre de 1891, el caos, la destrucción y la desolación también manaron de ella.

 Río Amarguillo con agua a su paso por Consuegra. Foto de José Manuel Perulero (Oficina de Turismo de Consuegra)

El torrencial río Amarguillo, afluente del Cigüela, se caracteriza por unas fuertes variaciones estacionales de caudal, casi seco durante gran parte del tiempo y con crecidas violentas y destructoras en ciertos momentos. Es un río extremo e imprevisible como lo es también la zona árida por donde discurre, la Mancha, por lo que desde época romana existió una necesidad de dominarlo. Con el paso de los siglos, esa precaución se fue relajando y poco a poco, cada vez más, las viviendas se iban acercando peligrosamente a su cauce.
                             
Esa misma inquietud asaltaba a Fray Benito de los Infantes desde su llegada  a Consuegra en 1889, tras pasar once años en la Misión Filipina.  Hombre de gran estatura, era natural de la vecina localidad de Madridejos. Doctor en Teología, era extremadamente culto, tolerante, de conversación amena y trato agradable.

 Al poco tiempo de llegar, y a la luz de sus méritos y cualidades, fue elegido Rector y Prior de la Comunidad de Franciscanos  de la Provincia de San Gregorio Magno de Filipinas, asentada en Consuegra, que contaba con más de medio centenar de miembros. El 2 de julio del mismo año que ocurrió la tragedia había cumplido cincuenta años. Hombre reflexivo y previsor, sabía que el Amarguillo siempre alertó del peligro de sus aguas. Existía constancia de desbordamientos del caudal acontecidos en el siglo XVI. Posteriormente, en 1702, una inundación dejó la iglesia de San Juan Bautista en ruinas, e incluso había noticias de otras inundaciones que tuvieron lugar en la Consabura romana. -“Hace falta reconstruir Consuegra lejos del río, en un punto distinto del que hasta ahora ocupa”, -pensaba mientras paseaba con paso enérgico y decidido por las casas que se apiñaban en el escaso cauce del Amarguillo, medio obstruido.

A las ocho de la mañana del 11 de septiembre de 1891 los temores de fray Benito  se cofirmaban. Un fuerte temporal se cernía sobre la comarca y varios vecinos avisaban que el agua había entrado en sus viviendas. Con gran resolución, a las nueve de la mañana fue a ver al alcalde, que dispuso de varias galeras para recoger a los que estaban faenando en los campos.  Avisó a los que vivían en las inmediaciones del río y les instó a que se trasladaran a zonas más elevadas de la localidad, pero pocos hicieron caso de esta advertencia. A las doce del mediodía el temporal amainó ligeramente y muchos prefirieron quedarse en sus casas y tener controladas sus pertenencias. –“Insensatos”,- debió pensar Fray Benito, convencido como estaba de que los vecinos debían abandonar el pueblo.


 
Nivel alcanzado por las aguas la noche de la catástrofe
Por la tarde la situación empeoró. Desde Urda llegaban noticias de que el Amarguillo tenía una crecida considerable y la enorme cantidad de agua, maleza, árboles y aperos acumulados  había reventado la presa romana. Con gran celeridad, reunió a su congregación y les arengó a hacer gala de su vocación misionera, humanitaria y asistencial, poniendo en práctica los principios de su fundador. Consuegra les necesitaba. Bajo la dirección de un ingeniero, los frailes construyeron una balsa y la sacaron del convento. A las nueve de la noche, las aguas y todo lo que flotaba en ellas se estancaron en el primer puente romano, el entonces conocido como de “Los Gallegos”. Se formó una barrera que desbordó el agua a ambos lados del cauce del Amarguillo. A las nueve y cuarto las aguas tenían una elevación de ocho metros sobre el nivel del río. Les costaba abrir las puertas del convento y la corriente les impedía avanzar. Ante la amenaza que se cernía sobre sus hermanos, el Prior instó a los religiosos a refugiarse en una casa alta próxima al castillo. Desde allí se oían los ecos de los lamentos de los consaburenses que pedían auxilio y misericordia. Fray Benito no quiso abandonar el convento. – “Aquí me salvaré o pereceré”, afirmó.

A media noche Consuegra parecía sufrir los horrores de un bombardeo. Las casas se hundían con tremendo estrépito, los lamentos no cesaban y aún no había dejado de llover, pero el Prior continuaba con sus labores de salvamento. En esas interminables horas de desesperación y caos, hubo un grupo de personas, los padres franciscanos, que renunciaron a tratar de salvar sus propias vidas con valor y abnegación para socorrer a sus paisanos y tratar de poner a salvo al mayor número de vecinos posible.
A las cuatro de la madrugada, las aguas comenzaron a retroceder para dar paso a un entorno de cieno y ruinas.

Labores de rescate padres franciscanos. Col. Ángeles Anaya

                        Al amanecer, Fray Benito de los Infantes contempló desde el convento una Consuegra devastada.- “Ahora comienza nuestra verdadera tarea”. Sin pensarlo dos veces, dividió a sus frailes en grupos de entre dos a cinco miembros, para recorrer las calles más castigadas y allí, remangados sus hábitos, con el lodo hasta las rodillas, revolvían los escombros para rescatar heridos, cadáveres y pertenencias de valor que aún se podían aprovechar entre los escombros. A todos ellos daba ejemplo el P. Prior, animándoles con sus exhortaciones, socorriendo a los heridos y auxiliando piadosamente a los moribundos. Así un día tras otro.
A lo largo de ese duro invierno, cuando los periodistas, autoridades y demás personalidades hacía tiempo que ya habían abandonado Consuegra,  el padre prior, con gran acierto, incrementó la distribución de “la sopa” para que, al menos, las personas más necesitadas, comieran un plato caliente al día.
                           
Tuvo que ser el 11 de septiembre de 1891, dejando la riada tras de sí una localidad asolada,  360 víctimas mortales y decenas de casa arruinadas, cuando los vecinos de Consuegra escarmentaran y se replanteara todo el margen del Amarguillo y las calles adyacentes, llegando algunas a desaparecer. Una nueva y enjalbegada Consuegra renacía de sus cenizas de fango y escombros.

Los verdaderos héroes de esta catástrofe fueron el más de medio centenar de frailes Franciscanos, con su prior a la cabeza, Fray Benito de los Infantes, por su incansable labor sorda y desinteresada. Consuegra le estará eternamente agradecida. 
                                                                                                                                       Ángeles Anaya García- Tapetado
                                                                                                                              Cuadernos de Historia y Cultura Popular
                                                                                                                                              Ayto. Madridejos

martes, 2 de julio de 2013

ANTIGUO INSTITUTO GARCILASO DE LA VEGA (MADRIDEJOS)1928-1936

 


ESFUERZO DE UN PUEBLO EN FAVOR DE LA CULTURA DE SUS HIJOS

Julia Rodríguez de Diego con la colaboración de Angeles Anaya IES Valdehierro(Madridejos):
A mediados del caluroso mes de Agosto de 1928 se produjo un acontecimiento que cambió el destino de muchos jóvenes, no sólo de Madridejos, sino de toda la comarca. El Consejo de Ministros aprobó, en tiempos de la Dictadura, la ubicación de un Instituto de Segunda Enseñanza público en dicha localidad. Teniendo en cuenta que en esa época tan sólo había 69 Centros Educativos de este tipo en toda España y la mayoría de titularidad privada, debió suponer para las gentes de Madridejos una noticia cargada de optimismo. Posiblemente, muchos alumnos tuvieron acceso a una formación de otro modo impensable para sus familias y el pueblo entero se contagió de ese deseo de progreso y se benefició de todo lo que suponía la implantación del Instituto.
El 20 de octubre de ese mismo año tuvo lugar la apertura de curso, ubicándose las aulas en el malogrado antiguo Ayuntamiento de manera provisional (se incendió poco después). En 1930 el pleno del Ayuntamiento en sesión extraordinaria acordó el comienzo de las obras del nuevo Instituto, con planos del arquitecto Don Pedro Sánchez Sepúlveda. Constructores, artesanos, familias acogedoras de estudiantes e incluso profesionales de otras poblaciones cercanas vieron en el nuevo Instituto un yacimiento de oportunidades y un medio para mejorar su situación. Al año, el suntuoso edificio de estilo español estaba terminado. Desde sus inmensas terrazas se desplegaban ante los paisanos el campo de la mancha, la villa de Madridejos, las sierras de Valdehierro y el horizonte cortado por la crestería de Consuegra.
El 18 de julio de 1936, la barbarie de la guerra civil frenó en seco las esperanzas de los vecinos de Madridejos, cancelándose toda actividad escolar. Para contribuir con la involución cultural en la región, el 5 de agosto de 1939 se clausuraron, por Orden Ministerial, todos los Institutos de aquellas localidades que no eran capitales de provincia, entre ellos el de Madridejos. Desapareció la coeducación y el laicismo, y cobró fuerza la enseñanza privada.
Los muros de este elegante edificio esconden ecos de los anhelos e ilusiones de alumnos y alumnas que respondieron con gran dedicación y esfuerzo. Antonia Mrtín-Delgado, Antonio España, Benito Martín- Delgado, Rufino Martín-Blas y otros muchos jóvenes que poblaron las amplias y soleadas aulas del Instituto Garcilaso, a ellos va dedicado nuestro humilde homenaje.

Angeles Anaya